INGRID BERGMAN

Publicado por: Adriana Andrade Losada En: RELATOS DE MUJERES En:

"El color de un sobre cambió su vida, le animó a conseguir lo que anhelaba: dedicar su vida a jugar a ser otra persona. Aunque pensándolo bien, no le debe a la suerte su suerte. Se la debe a ella misma y a su valor, a sus ansias por alcanzar sus metas y por superarse. Y de paso dio lecciones continuas de dignidad y modernidad, sin perder nunca su gesto altanero; su barbilla siempre aparece elevada en sus fotografías"

INGRID BERGMAN

Nacida en Estocolmo en 1915, de padre sueco y madre alemana, Ingrid Bergman tuvo una infancia en la que perdió a su madre siendo niña y a su padre siendo adolescente. Sin embargo, siempre tuvo gente alrededor que la animó a ser actriz desde muy pronto. Su padre antes de morir, dispuso su herencia con el fin de que su hija se convirtiera en intérprete. Nació con estrella, no cabe duda.

Sólo su tío paterno, con quien vivió tras quedarse sin su padre, no aprobaba su carrera de actriz. Aun así le propuso un reto: se presentaría a una audición en el The Royal Dramatic Theater School, si no era seleccionada, se quitaría de la cabeza para siempre la idea de dedicarse al séptimo arte. Ponle un reto a una mujer y espera sentado, te dejará con la boca abierta. Y así se quedó el incrédulo tío Otto, completamente patidifuso cuando su querida sobrina consiguió el papel, no sin antes pasar por uno de los peores ratos de su vida.  

El jurado de la audición tenía que seleccionar a una mujer y a un hombre entre todos los que se presentaban, en caso de no ser elegidos, recibirían un sobre marrón, en caso de ser aceptados, uno blanco. Ingrid interpretó una escena de comedia, y durante su audición, los miembros del jurado comenzaron a hablar entre ellos sin hacer mucho caso a su actuación, medio siglo después lo relataba así:

“Cuando abandonaba el escenario estaba de luto, me encontraba en un funeral. El mío. Era la muerte de mi yo creativo. Tenía el corazón roto de veras (...) Cuando llegué a casa, me estaban esperando mis primas, me dijeron que había llamado un actor amigo de ellas que había participado en las pruebas. Él había conseguido un sobre blanco y preguntó que por qué yo no había recogido el mío. Le pregunté si sabía de qué color era mi sobre. Me dijo que era blanco. Salí volando. Corrí todo el rato hasta recoger mi sobre blanco. Estaba entusiasmada. Años después conocí a uno de los miembros del jurado y le pregunté por qué habían interrumpido mi lectura tan pronto. Él me dijo: “Nos encantó su seguridad y su impertinencia. Hablamos y no vimos ninguna necesidad de perder el tiempo. Sabíamos que era fabulosa y tenía un talento innato. Su futuro como actriz estaba asegurado”. Aquella noche, cuando me enteré de lo del sobre blanco, fue la noche que cambió mi vida

El color de un sobre cambió su vida, le animó a conseguir lo que anhelaba: dedicar su vida a jugar a ser otra persona. Aunque pensándolo bien, no le debe a la suerte su suerte. Se la debe a ella misma y a su valor, a sus ansias por alcanzar sus metas y por superarse. Y de paso dio lecciones continuas de dignidad y modernidad, sin perder nunca su gesto altanero; su barbilla siempre aparece elevada en las fotografías.

Así era Ingrid Bergman, belleza y talento indudable, estrella del Hollywood dorado, mujer de un genio y madre de una de las mejores actrices de nuestro tiempo: Isabella Rosellini. Fruto de un amor de película, Isabella continúa hoy con la estirpe de su madre: pertenece a esa clase de mujeres que son mucho más que guapas, mucho más que actrices, son Divas naturales, nacen así. Ingrid ganó tres Oscars, solo fue igualada en 2102 por Meryl Streep y una sola actriz la supera con cuatro estatuillas: Katharine Hepburn. Meryl y Katharine, otras Divas tremendas.

Ingrid tuvo una vida elegida por ella, todos sus grandes cambios, sus momentos clave, fueron intencionados. No sólo provocaba a la cámara de Avedon y a la de tantos que la retrataron. Provocó a la vida, provocó a un país entero. Su anécdota con Rossellini es mundialmente conocida; tras rodar varias películas en su país de origen, Ingrid se trasladó a Estados Unidos donde estrenó varias películas, entre ellas la afamada “Casablanca”. Allí se casó con un dentista con quien tuvo una hija. Imagino que esa época de su vida en Hollywood fue dorada, en aquellos tiempos tuvo varias nominaciones y ganó su primer Oscar con “Luz que agoniza”.

Pero Ingrid decidió cambiar su destino y otra vez una carta jugó el papel definitivo. Esta vez la la escribía ella y no un jurado en Estocolmo. Y otra vez la carta llega tras mucho desasosiego, después de salvarse de milagro de las llamas de un incendio. La carta iba dirigida al director Italiano Roberto Rossellini, a quien ella admiraba.: “Soy una actriz sueca, que sabe hablar inglés, se ha olvidado de su alemán, se la entiende mal en francés y en italiano sólo sabe decir ti Amo”.

Aquel maravilloso escrito provocó que trabajaran juntos. En el rodaje de su primera película Stromboli surgió uno de los mayores romances de la historia del cine. Ella queda embarazada y decide quedarse en Italia junto a su amor, dejando a su primer marido con la hija de ambos en Estados Unidos.

 La retrógrada mentalidad americana la juzgó con crueldad, tachándola de indecente. Incluso muchos antiguos seguidores, pensaron que merecía ser quemada en la hoguera como a las brujas. Eso sí, la bruja más guapa de todas, en caso de ser la de Blancanieves tendríamos que re-escribir el cuento. Personas anónimas le escribían cartas ¡otra vez cartas! deseando que ardiera en el mismísimo infierno. Ella sin embargo las leía, Roberto su marido no lo entendía ¿para qué leer cartas donde te insultan? Ella le respondió “es el único modo de encontrar alguna de amigos que me animen y me apoyen” Otra vez de frente, otra vez provocando que las cosas cambiaran.

Finalmente, tras años de amor, tres hijos y seis películas, el matrimonio se separa. El Neorrealismo de Rossellini no es comprendido por el gran público, y no será muchos años después cuando su obra será reconocida por el movimiento francés Nouvelle Vague.

Tras su separación, Ingrid volvió a triunfar en Europa: en París con Jean Renoir y en Inglaterra con la película “Anastasia”, que le otorgó su segundo Oscar como actriz protagonista. Por fin en el año 1959 vuelve a Hollywood para entregar una estatuilla. Cuando aparece en el escenario una enorme ovación la recibe: otra vez América se rinde a sus pies.

Trabajó con los grandes directores de su época: Ingman Bergman, Hitchcock, Minelli, Rossellini o Molandi entre otros. Su dominio de varios idiomas la convirtió en una de las actrices más prolíficas de la historia del cine. Su último trabajo en Israel, donde rodó una mini serie sobre la vida de la primera ministra Israelí Golda Meier, agotó su salud, mermada por un cáncer de pecho del cual moriría en Londres a los 67 años.

Es difícil resumir a una mujer como Bergman en unos pocos párrafos. Ella era inmensa, soberbia, y guapa que duele, además de una excelente intérprete. Ingrid tomó las riendas de su vida, ella “llevaba los pantalones”.

Ingrid llevaba pantalones incluso cuando se desnudaba. Se puso los pantalones aquella tarde en la audición y no se los quitó nunca después. Hoy en día es fácil que una mujer los lleve, pero hace setenta años era símbolo de libertad e independencia. Había mujeres que los usaban por comodidad, otras por modernidad y había unas pocas como Ingrid, que nacieron con ellos puestos. Por eso pusimos su nombre a los nuestros en WTheFab. Porque sin mujeres como ella los pantalones los seguirían llevando los de siempre.

 

 

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